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sábado, 3 de septiembre de 2011

CRISTINA FERNANDEZ 2011

Construcción y Deconstrucción del país neoliberal

Durante el menemato (1989-1999) se llevó a cabo un drástico proceso de reformas, llamadas inicialmente “economía popular de mercado” con Erman González como timonel, más tarde Plan de Convertibilidad pergeñado por Domingo Cavallo, que transformó de raíz la estructura económica y social de Argentina. Estas reformas estructurales, “aggiornadas” al Consenso de Washington, contrastaban con las tradicionales políticas económicas implementadas por el peronismo.-
No obstante ello, el Presidente obtendrá el respaldo, o al menos la tolerancia, de una amplia y heterogénea gama de sectores sociales, que abarcará, incluso, a sus principales perjudicados: los sectores populares más humildes. Varias han sido las explicaciones de este respaldo: desde el establecimiento de un orden que garantizará paz y certidumbre frente al caos del alfonsinismo y el logro de una estabilidad económica duradera, hasta el carisma del propio Carlos Saúl Menem e incluso la manipulación política. Pocos, sin embargo, se han detenido a analizar lo que denominaremos los componentes pasivos de la hegemonía menemista, y quienes lo han hecho, han dejado de lado la importancia que ejerce el factor simbólico o discursivo.-
Durante el peronismo, los sectores populares gozaban de amplios beneficios sociales, garantizados por un Estado que intervenía fuertemente en el mercado. En ese contexto, los trabajadores asalariados se hallaban integrados tanto económica como socialmente. Una vez asumido Menem como nuevo Presidente, y con la excusa de combatir un Estado burocrático, corrupto, elefantiásico e ineficiente que generaba déficit fiscal, se llevó a cabo una drástica reducción del papel del Estado, basado en la apertura y desregulación de la economía, la privatización de las empresas públicas y la flexibilización laboral. Como consecuencia de estas medidas, se agravará el proceso de desindustrialización relativa iniciado durante la dictadura militar, incrementando la fragmentación social, polarización y reducción numérica de los sectores populares.-
Las políticas tendientes a la flexibilización laboral generarán, a su vez, una creciente precarización, tercerización y distinción en los lugares de trabajo entre trabajadores temporales y permanentes. Esta atomización social introducirá diferencias de percepción y de modos de ver las cosas entre los diversos sectores de la sociedad. De este modo, se incrementarán las dificultades para constituir identidades colectivas y formas de acción social unificadas como las existentes hasta mediados de la década del 70.-
La pérdida de identificación intersubjetiva afectará principalmente al campo sindical, que fracasará en conformar un bloque opositor unificado y consistente que pudiera trabar las políticas del gobierno. Para entender los motivos de este fracaso es necesario tener en cuenta, en primer lugar, los cambios estructurales producidos por la implementación de las políticas neoliberales. Particularmente, debemos destacar el derrumbe del poder adquisitivo de los trabajadores y el incremento espectacular (mal definiendum para tamaño drama) del desempleo. Este último elemento no sólo disminuyó el número de afiliados sindicales, sino que contribuyó a generar un efecto paralizante, debido a que hacía muy difícil a los sectores laborales, amenazados por el despido, movilizarse y organizarse, en una coyuntura donde miles de compañeros (el “ejército industrial de reserva”, a decir de Marx), los podían reemplazar rápidamente.-
Además, debemos tener en cuenta que el poder de los sectores obreros había sido fuertemente resquebrajado por la violenta represión ejercida durante la dictadura militar. En ese contexto, se produjo una desarticulación de sus sistemas de sociabilidad lo que, sumado a la internalización del temor a la participación en el espacio público, favoreció la atomización social. Finalmente, muchos sindicalistas se disciplinarán debido al clima de incertidumbre que había provocado la hiperinflación, los saqueos y el estancamiento del período alfonsinista, mientras que otros lo harán debido a las pocas perspectivas de lograr éxito en las medidas. En efecto, el Presidente expresará en reiteradas oportunidades su incondicional negativa a cambiar el rumbo vigente. Se conducirá de igual modo, en el momento en que surjan cuestionamientos a la reforma laboral.-
Por otro lado, cabe destacar la función disciplinadora que ejercerán las políticas neoliberales implementadas por el gobierno. En este sentido, podemos mencionar la nueva Ley de Empleo “flexible”, que legalizó los contratos temporales (llamados contratos basura), a domicilio y a tiempo parcial y disminuyó los costos por despidos, los cambios en el régimen previsional y las modificaciones a la Ley de Convenios Colectivos, que descentralizó la negociación a nivel de empresa y condicionó los aumentos salariales al incremento de la productividad, para hacerla consistente con la flexibilidad productiva requerida por el ajuste. Según el discurso del Presidente, estos cambios se proponían traspasar la negociación colectiva del nivel nacional y por rama al nivel de fábrica para lograr el aumento de la competitividad por vía de la reducción de los costos laborales. La consecuencia de estas políticas, sin embargo, será la introducción de un individualismo que disminuirá la solidaridad que existía anteriormente con los compañeros de tareas, facilitando, de este modo, la implementación de las reformas y ajustes estructurales. Es decir, un escenario sin paritarias, sin sindicatos fuertes defendiendo sus genuinos intereses, con miles de argentinos desocupados.-
El otro mecanismo que contribuirá a despolitizar la acción sindical será la profundización de sus divisiones internas. Un papel importante ejercerá, en este sentido, el gobierno a través de sus operadores, que se apoyará en el control del PJ para manipular y reducir a la CGT mayoritaria, provocando divisiones internas e incentivando la dispersión en sus estructuras. Al mismo tiempo, en relación a los grupos de confrontación, no dudará en responder a las primeras protestas enviando a los actores en juego señales inequívocas de su disposición a no negociar bajo presión de utilizar medidas de fuerza. Además, en la simbólica fecha del 17 octubre de 1990, el Gobierno reglamentará por decreto la limitación al derecho de huelga. Con pocas afiliaciones, producto del incremento del desempleo y del cuentapropismo creciente, pero también de la crisis de la izquierda y la actitud pasiva e individualista de algunos sectores de base, principalmente jóvenes, muchos de los cuales se refugiarán en la cultura del consumo y los beneficios materiales, y sin el respaldo de las instituciones laborales, muchos de cuyos dirigentes fueron cooptados (como Cavallieri, Daer, Triaca, etc., etc.), contaban con poca legitimidad social, o directamente no fueron reconocidos por el gobierno como interlocutores válidos, el sindicalismo, que tradicionalmente había expresado los reclamos de los sectores trabajadores, siendo la columna vertebral del movimiento peronista, experimentará una profunda crisis que se manifestará en un notorio declive de su poder político.-
Como prueba de ello, debe tenerse en cuenta que durante el peronismo, el sindicalismo aportaba los fondos para las campañas electorales, las listas de candidatos se armaban en las sedes gremiales y las redes de dirigentes y militantes obreros movilizaban a los trabajadores a la hora de votar. Además, en 1974 este sector manejaba el Ministerio de Trabajo y 8 vicegobernaciones y tenía 40 diputados en el Congreso, además de una fuerte influencia en los aparatos partidarios. En 1983, todavía había 35 diputados de origen gremial, diez años más tarde, eran sólo 10. En esas circunstancias de fuerte fragmentación y debilitamiento político serán crecientes las dificultades para coordinar alternativas antagónicas al orden vigente.-
Las políticas de orientación neoliberal pudieron implementarse parcialmente en nuestro país desde mediados de la década del 70 debido, en parte, a que no había otro modelo más adecuado que diera solución a los problemas que había generado el Estado de Bienestar en su particular versión vernácula. También, dentro de la estructura del poder militar, había nacionalismos en los dos sentidos. En el buen sentido, se planteaba hacia el interior del poder, la inconsistencia de rematar las joyas de la abuela.-
En 1989, además, sería derrumbado el Muro de Berlín y, dos años más tarde, se produciría la disolución definitiva del sistema socialista en la ex Unión Soviética. De este modo, la alternativa que durante tantos años había competido con el capitalismo mostraba su fracaso. En ese contexto, durante la década del ´90 se decía que este no era sólo el mejor de los mundos posibles sino que era el único que hay. De ahí, la famosa frase de Francis Fukuyama de que habíamos llegado al “Fin de la historia”. Esto significaba que, como se habían agotado las interpretaciones alternativas a la “democracia liberal”, se habría terminado con la lucha política-ideológica. Según Fukuyama, “En la última generación, tanto los regímenes de izquierda como los de derecha han fracasado. Este derrumbe empezó en Europa con España, Portugal y Grecia. Luego, durante los años ochenta, se acabaron los regímenes militares de derecha latinoamericanos y, al final de la década, tuvimos la caída del comunismo. Todo esto parece indicar que hay un principio de legitimidad mundialmente reconocido en este momento, que es la democracia liberal”.-
Según el ex Director Gerente del FMI, Michel Camdessus, “Las ideologías están muertas o moribundas. Ya no se cree en la felicidad de las sociedades ideales. Quedan las economías de mercado y la democracia. Los nacionalismos y todas esas formas de demagogia populista (...) llevan a la hiperinflación y, a través de ella, al desbande económico, al crecimiento de la miseria y al retorno de los regímenes llamados “fuertes”, digamos, más bien, al fin de las libertades”. En sintonía con este pensamiento único, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos expresaba que, en las nuevas circunstancias mundiales, “no hay alternativa viable” a las reformas de mercado. De un modo similar, pero refiriéndose ahora al caso argentino, el presidente Menem resaltará en varias oportunidades el fracaso del marxismo. En sus palabras, este sistema era “una pieza de museo” y ya “no tiene cabida en el mundo actual”, ya que se trata de “doctrinas e ideologías ya superadas”. En cuanto al modelo de intervencionismo estatal, será caracterizado por Menem mediante una cadena de equivalencias de la “pura anticomunidad” representada alternativamente por los significantes Estado prebendario, ineficiente, corrupto, dadivoso, patrimonialista, elefantiásico y burocrático (es el definiendum, estúpido).-
En ese contexto de fracaso tanto del comunismo como del Estado Benefactor, el discurso menemista planteaba una disyuntiva: por un lado, estaba la modernización, el crecimiento, el progreso, la teoría del derrame (o del derrape) construidos a partir del mito neoliberal de la bondad reguladora del Dios mercado, es decir el laissez faire de Adam Smith, la mano invisible. Por el otro, el rechazo de esta opción y el regreso nuevamente al atraso, la decadencia, la involución y la frustración de épocas anteriores. Esta dicotomía se hará presente en reiteradas oportunidades. Así, en un spot de campaña televisiva del Gobierno para las elecciones legislativas del ´91 el Presidente planteará “mire hacia atrás, vote hacia adelante”. Al ser representadas de esta manera las opciones, reafirmando la contraposición entre lo viejo, fracasado e inviable, las políticas estatistas y populistas del viejo peronismo y las socialdemócratas del alfonsinismo, que habían fracasado, y lo nuevo y único camino posible, la inserción al mundo moderno, al primer mundo, que estaba llevando a cabo el gobierno, se generaba un mecanismo psicológico que cerraba toda posibilidad de construir un proyecto alternativo al existente.-
Debemos tener en cuenta, además, la función de legitimación pasiva que cumplió, dentro de las políticas implementadas, el Plan de Convertibilidad. Para ello, resulta pertinente remitirnos a la noción de “hábitus” esgrimida por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Según este autor, el hábitus hace referencia a los “principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin, sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente reguladas y regulares sin ser el producto de la obediencia a reglas”. Según Bourdieu, la importancia que adquieren estos principios generadores de prácticas radica en que “tienden a engendrar todas las conductas razonables o de sentido común (...) porque están objetivamente ajustadas a la lógica característica de un determinado campo del que anticipan el porvenir objetivo”.-
Retrotrayéndonos a la instauración del Plan de Convertibilidad, en abril de 1991, suele decirse que este Plan, que institucionalizaba una paridad cambiaria 1 a 1 del peso con el dólar, resultó clave para legitimar al gobierno, ya que otorgó estabilidad económica y política. Sin embargo, la sobrevaluación cambiaria del peso no sólo terminará con el impuesto inflacionario, sino que promoverá, además, el acceso a una serie de beneficios materiales, como la posibilidad de acceder al crédito masivo para adquirir automóviles, viviendas y electrodomésticos, viajes al exterior y tecnología importada a bajo precio. Estos beneficios, más allá de su importancia material, ejercerán una función simbólica. En efecto, ellos se constituirán en los hábitus de consumo que transformarán al Plan de Convertibilidad en una realidad incontrastable del sentido común. Este principio de sentido común que constituía la representación de una relación de igualdad real con la principal potencia del mundo alcanzará una objetivación debido a que terminará efectivamente con el flagelo de la hiperinflación, que licuaba los salarios, pero también porque el 1 a 1 permitirá acceder a mejoras económicas que eran tangibles en la práctica cotidiana de amplios sectores sociales.-
Ahora bien, vale la pena recordar que el 1 a 1 no sólo se objetivaba en los cuerpos, con los hábitus de consumo, sino que tenía, a su vez, un anclaje que se objetivaba en las instituciones, una cara palabra enunciada por los conservadores. En efecto, la paridad cambiaria estaba garantizada mediante un marco legal. Si tenemos en cuenta la repetibilidad instituyente y condicionante que caracteriza a toda ley, podemos decir, entonces, que la misma logrará ocultar sus huellas contingentes e históricas, para materializarse como una realidad objetivada. En esas circunstancias, esta doble objetivación, corporal e institucional, transformará al régimen de Convertibilidad en una realidad incontrastable del sentido común. Contribuirá también, en ese sentido, a su sedimentación la metáfora equivalencial 1 a 1. En efecto, la simbología del Plan de Convertibilidad representaba metafóricamente una igualdad. Ello se debe a que, en matemáticas, 1 a 1 implica equivalencia (un 1 que es igual a otro 1). De este modo, la igualdad de la moneda nacional con el dólar se trasladará a una relación constituida en un pie de igualdad con los Estados Unidos, principal potencia mundial y, por añadidura, al resto de los países desarrollados.-
Según Bourdieu, “el reconocimiento de la legitimidad más absoluta no es sino la aprehensión como natural del mundo ordinario que resulta de la coincidencia casi perfecta de las estructuras objetivas con las incorporadas”. En este caso, será la conjunción entre la fijeza institucional del marco legal y los hábitus de consumo incorporados en los cuerpos los que objetiven o sedimenten el orden social. La consecuencia de ello será la naturalización, y por lo tanto la legitimación, del discurso gubernamental de la modernización e inserción de la Argentina al mundo, potenciado, a su vez, por el ingreso masivo de inversiones extranjeras. Nótese que los medios de comunicación solo informaban de casos de corrupción sin interpelar el sentido profundo del plan siniestro que iba degradando los cimientos de la sociedad en su conjunto. Vimos más arriba de qué modo los hábitus engendran conductas de sentido común.-
Ahora bien, según Bourdieu, los hábitus cumplen, además, una segunda función, ya que tienden, al mismo tiempo, a excluir “sin violencia, sin método, sin argumentos, todas las locuras, es decir, todas las conductas destinadas a ser negativamente sancionadas porque son incompatibles con las condiciones objetivas”. En efecto, como señala el teórico francés, “las categorías de la percepción del mundo social son, en lo esencial, el producto de la incorporación de las estructuras objetivas del espacio social. En consecuencia, inclinan a los agentes a tomar el mundo social tal cual es, a aceptarlo como natural, más que a rebelarse contra él”. En este sentido, podemos decir que los hábitus tangibles del 1 a 1 no sólo legitimaban al gobierno, sino que evitaban, al mismo tiempo, el surgimiento de posibles disidencias, ya que si alguien expresaba en pleno auge del consumo y los datos objetivos de la estabilidad económica y el inédito crecimiento del PBI, que la ley era imaginaria, resultaba irremediablemente excluido de la sociedad por ser un psicótico que se encontraba escindido de la realidad.-
Quedaba establecido, así, una especie de procedimiento de exclusión foucaultiano que separaba lo que se consideraba razón, que era apoyar las reformas, de lo que se veía como una locura, rechazarlas. La apelación a una supuesta realidad objetiva indiscutible marcará, así, una continuidad y, a la vez, un punto de inflexión con el viejo peronismo. La continuidad residía en el hecho que, al igual que afirmaba Perón, “La única verdad es la realidad”. La inflexión, por su parte, se debía a que mientras que en el peronismo tradicional el enemigo era la “antipatria”, el “antipueblo”, la “oligarquía”, con Menem el “Otro” ya no era un enemigo de la Nación, sino un rezagado que no ha comprendido la realidad de lo real, valga el juego de palabras.-
Eran los anacrónicos o nostálgicos que querían regresar a un pasado difuso e irrepetible, aquellos que a partir de estructuras totalmente perimidas, negaban una realidad innegable que ya no tiene cabida en el mundo actual. El discurso único. Como consecuencia de esta visión, prevalecerá un pensamiento único, transformado en sentido común que, incentivado, además, por la inevitabilidad de los cambios tecnológicos que caracterizan a la modernidad, generará un mecanismo psicológico, una especie de “Grado 1” no reflexionado, que impedirá ver las consecuencias políticas, económicas y sociales que estaba produciendo el nuevo orden e incapacitará pensar en proyectos alternativos, al tiempo que promoverá sintomáticamente la apatía política y el conformismo.-
Para entender la apatía e inacción social durante la segunda década infame del siglo XX, la de los 90, debemos tener en cuenta, además, la importancia que tuvo la vigencia de una visión que podemos llamar mecanicista de la globalización. Esta visión entendía a la globalización como un fenómeno natural como es la lluvia o el viento, y creía, en ese sentido, que si nos atrevíamos a actuar, esto es, a modificar sus postulados, sobrevendría el caos (cara palabreja impuesta por la corneta).-
El sentimiento de constante riesgo se debe a que en los últimos años asistimos a una economía basada en la especulación. Estos capitales son sumamente volátiles y veloces para desplazarse de un mercado a otro, con el consiguiente trastorno que ocasionan en las economías de los diferentes países afectados. El punto es que esta característica del orden mundial les sirvió a los teóricos de la globalización neoliberal como pretexto para afirmar que los estados nacionales tenían que cumplir las reglas que imponía la globalización, es decir, tenían que implementar las políticas de ajuste y reforma estructural recomendadas por los organismos multilaterales de crédito. Al mismo tiempo, advertían que, si no se cumplían las reglas que imponía la globalización, es decir, si no se implantaban las políticas de ajuste y reforma estructural recomendadas por tales organismos, se produciría una huída masiva de los capitales invertidos en el país que generaría un caos (parece un suplemento de la corneta) en la economía, con consecuencias catastróficas.-
En este sentido, se aducía que toda acción que se propusiera imponer un orden diferente al existente, sólo entorpecía el accionar, fluido y sabio, de la mano invisible y debía ser considerado una tarea peligrosa, condenada a arruinar y desarticular mucho más que a reparar o mejorar. Se trataba, en pocas palabras, de promover lo que Pucciarelli ha denominado una ideología imposibilista. “Un discurso conservador, inmovilista, articulado a la reproducción de lo ya existente, receptor pasivo y acrítico de las innumerables restricciones que presenta la realidad actual y justificador de la inacción, derivada del reconocimiento del margen casi nulo que hoy existe para construir cursos de acción alternativos y proyectos que, por ser diferentes, devienen en proyectos imposibles”.-
Como ejemplo de esta lógica, podemos citar las declaraciones del presidente del Banco Mundial, quien señalaba que los ajustes “son inevitables, aunque sean dolorosos. Los países que han rehusado el ajuste sólo han logrado caer en situaciones aún peores”. En igual sentido, el titular del BID afirmaba que “no hay otra alternativa que hacer las cosas bien”. Esta ideología imposibilista, con su disyuntiva esto o el caos resultaba muy efectiva, ya que las personas que se sienten inseguras sobre lo que puede deparar el futuro, no son verdaderamente libres para enfrentar los riesgos que exige una acción colectiva. Aversión al riesgo, pura y llana, por esto la gente contrata seguros.-
La devaluación de la moneda mexicana, en diciembre de 1994, el recordado “efecto tequila” actuará como una demostración que potenciará los efectos que podía generar una posible huída masiva de las inversiones. Poco después de esta crisis, los banqueros de Wall Street aprovecharán para ejercer su violencia simbólica. Así, dirán en relación a nuestro país, que “no hay otra alternativa al programa de Convertibilidad. Si el peso se devalúa, la inflación será muy rápida. Hemos visto lo que costó una devaluación en México. En muchas formas, creo que el costo sería peor para la Argentina”. La consecuencia de este tipo de discurso será una resignación, con su correlato, la inhibición a la acción, frente a la imposibilidad de modificar el estado de cosas vigente.-
Del mismo modo, se hará presente un incremento de la apatía y el desinterés hacia todo aquello que sea político, naturalizando la inexorabilidad y ausencia de alternativas al fenómeno. Si partimos de la base de que todo discurso está atravesado por exigencias de legitimación, una de las principales estrategias a las que ha apelado el neoliberalismo para legitimarse consiste en atribuirse una supuesta cientificidad aséptica. Para ello, debemos tener en cuenta que el término científico, en sentido ordinario del lenguaje, está relacionado con un conocimiento neutral que está más allá de cualquier duda y que, por lo tanto, es verdadero.-
Su legitimación científica se origina en la función de “Sujeto Supuesto Saber”, el SSS lacaniano, que encarnan los técnicos, en tanto expertos, en la ciencia económica. Este todo saber, objetivado en la forma de títulos académicos, y reforzado mediante la apelación al conocimiento matemático, les otorga un principio de autoridad científica que tiene su fundamento último en un acto de reconocimiento de que éstos están por encima de uno en juicio y perspectiva y que, en consecuencia, su juicio es preferente o tiene primacía respecto del propio. En este sentido, no se obedece lo que dicen porque tienen más autoridad o poder, como se lo haría a un político profesional, sino porque se los considera superiores, porque tienen una visión más amplia y están más consagrados, esto es, porque saben más. Claro que una cosa es la economía positiva y otra la normativa, ésta última movilizada por juicios de valor, el que tenga cada uno. Es “lo que debería ser”, en tanto en sentido positivo es “lo que es” o en tal caso “lo que podría ser”.-
Como el reconocimiento de su autoridad está siempre relacionado con la idea de que lo que dicen no es irracional ni arbitrario, sino que debe ser reconocido como cierto, se produce así, una igualación entre ciencia y verdad objetiva. Esto los sitúa en un ámbito aséptico de ideologías, es decir, fuera de los intereses particulares, lo que legitima fuertemente su discurso.-
Podemos decir, entonces, que el enunciador logrará relegitimarse apelando a un discurso tecnocrático, que prometía el reemplazo de la política, que sólo hacían sus adversarios, por la pura administración razonable.- 
Cualquier parecido con el relato opositor y de los medios de comunicación actual, es pura coincidencia, no diga que no le avisé.-