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martes, 20 de noviembre de 2012

El paro del 20 de noviembre


El MOO ha experimentado numerosas fracturas a lo largo de su historia, pero a diferencia de todas las rupturas anteriores, la última no se dio en el contexto de un movimiento situado a la defensiva, más bien tiene lugar en el marco de un proceso de recuperación del poder sindical –al interior de los sindicatos por rama de actividad- y del salario de los trabajadores formales –con tasas de informalidad de alrededor del 30%- que durante 2012 han ajustado a la baja por primera vez en 9 años. La historia está plagada de rupturas originadas en diferencias tácticas y doctrinarias. En 1968 tuvo lugar una disputa histórica entre la CGT oficial, liderada por el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor y la CGT de los Argentinos, encabezada por el gráfico Raimundo Ongaro. Esta disputa –como muchas de las divisiones posteriores de la CGT– tenía como eje una diferencia táctica entre quienes entendían que debía exhibirse una posición más conciliadora hacia un gobierno hostil hacia los derechos de los trabajadores (CGT oficial), y un sector que decidió escindirse para adoptar tácticas más militantes (CGT de los Argentinos). Para algunos, la verdadera razón nació de un pacto militar-sindical entre Augusto Timoteo Vandor y el Gral. Juan Carlos Onganía, presidente de facto de la autodenominada “Revolución Argentina” que derrocó al gobierno radical del Dr. Arturo Umberto Illia. El pacto fue un cambio de figuritas que aseguraba un control o encorsetamiento de los reclamos de los trabajadores a cambio del manejo de los fondos de las Obras Sociales. Esta inmensa masa de recursos, se vio incrementada por la obligación de aportar a la obra social de acuerdo a la rama de actividad a la que se pertenecía, un hecho hasta entonces voluntario.-
 Luego de una serie de divisiones experimentadas durante los años del Proceso, entre la CGT Brasil y la CGT Azopardo, a partir del gobierno de Carlos Saúl Menem la CGT atravesó un nuevo proceso de división. Por un lado, los gremios que exhibieron la resistencia más tenaz frente al proyecto neoliberal terminaron por escindirse para fundar una nueva central, la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Por otro, al interior del movimiento obrero peronista la CGT se mantuvo dividida entre 1989 y 1992 en dos bandos: la CGT Azopardo, de perfil más militante, liderada por el dirigente cervecero Saúl Ubaldini, y la CGT San Martín, bajo la conducción del mercantil Güerino Andreoni. Pese a que la central se unificó tras la consolidación del gobierno menemista, la dispersión volvería pronto a azotar a la CGT, hacia el año 2000, Hugo Moyano fracturó la central al escindirse de la CGT oficial dirigida por Rodolfo Daer, erigiendo una “CGT disidente” (el MTA) con una actitud más combativa frente al gobierno del entonces presidente radical Fernando de la Rúa.-
Ahora bien: ¿Por qué la central obrera ha sido tan proclive a la atomización? La primera razón es institucional, está vinculada a la escasa capacidad con la que cuenta la CGT para disciplinar la conducta de sus miembros. A diferencia de otras centrales sindicales, como las europeas, en Argentina la CGT no tiene atribuciones legales para influir en las finanzas de sus sindicatos miembros ni tampoco cuenta con mecanismos para remover líderes díscolos. En el sistema sindical argentino, el poder real se concentra en el sindicato por “rama de actividad”. Son los líderes de los grandes gremios, como camioneros, mercantiles, metalúrgicos, construcción, etc., quienes realmente definen la política sindical. A su vez, los líderes de estos gremios nacionales tienen una enorme capacidad de control sobre la vida al interior de su organización, en virtud de una sencilla razón: los sindicatos nacionales cuentan, a diferencia de la CGT, con la capacidad de congelar las finanzas de las delegaciones rebeldes, e incluso pueden desplazar a liderazgos provinciales insubordinados.-
La legislación nacional apunta a la creación de sindicatos por rama de actividad poderosos, pero al mismo tiempo concibe una CGT débil, con escasas herramientas de “gobernanza” hacia el interior de la vida sindical. Este diseño institucional, un conglomerado de secretarios generales de distintos sindicatos, por rama de actividad, con grandes incentivos para desviarse de las líneas que impone la CGT cada vez que ellas no resultan afines a sus propios intereses personales. El caso del gastronómico Luis Barrionuevo es ilustrativo, acorde a su ávido deseo de protagonismo. El dirigente gastronómico fundó la CGT “Azul y Blanca”, en plena coyuntura del conflicto entre el gobierno y las patronales agropecuarias, a los efectos de exhibir su postura opositora, allá por el año 2008.-
Existe un factor estructural –además del factor institucional desarrollado ut supra- responsable de las múltiples fracturas de la CGT. Una diferencia clave entre el sindicalismo autóctono y otros movimientos de la región, es que el argentino no está vinculado orgánicamente a ningún partido político. Recordemos que las “62 Organizaciones” oficiaban de eslabón entre MOO y el Partido Justicialista, que acordaba la lista de candidatos con la regla no escrita de los tercios y era el verdadero “lubricante” para las campañas políticas.  A pesar que prácticamente todos los dirigentes se reconocen como peronistas, casi ninguno de ellos participa en las decisiones internas del PJ o compite por cargos legislativos o ejecutivos. Este distanciamiento entre el MOO y el PJ fue una consecuencia directa del giro neoliberal emprendido en los años noventa por Menem, que redujo drásticamente la presencia de sindicalistas en el partido, eliminando la vieja regla del tercio y apartando a los líderes sindicales de los puestos partidarios. En verdad la “Renovación” peronista luego de la derrota en la elecciones de 1983, dio el puntapié inicial para el retroceso de los popes sindicales en el movimiento, desde entonces el sindicalismo se ha replegado a una postura corporativa, preocupado mucho más por defender intereses en la arena de las “relaciones industriales”, que por participar de un proyecto político más amplio que defienda los intereses de la clase obrera.-
La desindicalización del PJ fomenta de forma significativa la división de la CGT, al limitar las oportunidades de ascenso político de los dirigentes gremiales. En efecto, el cierre del partido supone que aquellos dirigentes gremiales con ambiciones de crecer políticamente más allá de los estrechos límites de sus sindicatos no tienen a su disposición la posibilidad de iniciar una carrera como legislador, intendente o gobernador. En este escenario, se les abre una sola posibilidad, la secretaría general de la CGT. Así, en un contexto en el que existe un único “premio” y numerosos candidatos con ambiciones de ascender, es natural que la disputa por la Secretaría General se convierta rápidamente en una lucha a todo o nada.-
Entonces, dos elementos heredados del pasado –uno de orden institucional y otro de orden partidario– contribuyen a explicar la tendencia del MOO a dispersarse. Sin embargo, los sucesos contemporáneos no pueden comprenderse solamente a partir de esta suerte de herencia “maldita”. El modelo político iniciado en 2003 ha contribuido también, de forma tanto voluntaria como involuntaria, a potenciar estas tendencias secesionistas.-
La política económica, al favorecer a una cantidad extraordinariamente diversa de sectores productivos, ha conspirado contra la emergencia de un sindicato capaz de ejercer una hegemonía indiscutida en el MOO a través de su preponderancia en la estructura económica-productiva. Históricamente, en el movimiento obrero siempre existió un sindicato hegemónico que, en virtud de la centralidad económica de la rama productiva en cuestión, funcionaba como vanguardia del conjunto y amalgamaba al conjunto. Durante la primera mitad del siglo XX, cuando la economía nacional se basaba en la exportación de productos primarios, ese rol lo ocuparon los ferroviarios, debido a la importancia de los ferrocarriles en el proceso de transporte de los productos agrícolas desde el campo hasta los puertos. A partir de la crisis económica de 1930 y sobre todo después de la IIª Guerra Mundial, la matriz productiva viró hacia un modelo de desarrollo basado en la producción por sustitución de importaciones. Al favorecer este modelo la producción de bienes de capital, bienes intermedios y bienes de consumo durables (automóviles, heladeras, lavarropas, etc.), todos ellos ricos en insumos metalúrgicos, la UOM pasó a ejercer el rol hegemónico. No es casual que en la historiografía sindical argentina los líderes históricos de la UOM (Augusto Timoteo Vandor, José Ignacio Rucci, Lorenzo Miguel) sean identificados como los líderes del movimiento obrero durante esta etapa. La hegemonía metalúrgica perduró hasta principios de la década del noventa. Con la apertura de la economía y la desindustralización, la integración al Mercosur  y el desmantelamiento del sistema ferroviario, la creciente relevancia del transporte de cargas automotor situó a los choferes de camiones como nuevo sindicato hegemónico.-
Sin embargo, ese proceso de sucesión ha quedado trunco por la propia política económica del kirchnerismo, cuya estrategia hacia la clase obrera ha encerrado una paradoja: mientras la política laboral incrementó notablemente el poder adquisitivo de los trabajadores, la política económica conspiró contra la unidad del movimiento obrero al debilitar la hegemonía del sindicato de camioneros en el terreno económico-productivo. La combinación de un tipo de cambio depreciado, una política macroeconómica expansiva y medidas proteccionistas parancelarias favoreció el crecimiento de una serie de industrias nacionales, como la textil, la metalúrgica, la automotriz y otras, que difícilmente hubieran prosperado bajo políticas económicas liberales. De tal forma, los sindicatos de estas industrias comenzaron a incrementar su número de afiliados y su poder de movilización hasta el punto de erigirse en rivales de peso del propio Hugo Moyano.-
Si no fuera así, ¿cómo explicar el hecho que el dirigente de la UOM Antonio Caló sea hoy el líder de la CGT “Balcarce”? Sin considerar las políticas económicas que protegieron a la producción metalúrgica local de la competencia internacional es imposible entender por qué un gremio que perdió casi 100.000 afiliados solo en los primeros años de las reformas neoliberales se encuentra hoy en condiciones de ejercer el liderazgo del movimiento obrero. Más allá de las limitaciones que muestra el propio Antonio Caló, quien cultiva un muy bajo perfil. El modelo económico acentuó la pluralidad del mundo sindical, impidiendo la consolidación de un gremio hegemónico. Desprovisto de esa conducción natural, el movimiento obrero se encontraba “acéfalo” y muchos dirigentes se sienten con derecho a disputar la conducción de la CGT.-
Por último, la interna sindical no puede comprenderse sin la conducción estratégica que la propia Cristina ha desplegado hacia el interior del movimiento obrero. Nos referimos a la frontal oposición de la Presidenta a las ambiciones político-partidarias de los popes sindicales, y su intención de confinar la influencia de los sindicatos, al ámbito de las “relaciones industriales”. Desde la perspectiva de la Presidenta, la época en la que los sindicatos constituían la columna vertebral del movimiento es cosa del pasado, una nueva vuelta de rosca iniciada por la “Renovación” peronista a partir de 1985. Es por ello que los cargos legislativos y ejecutivos del FPV-PJ quedaron reservados a algunos -solo algunos- jefes territoriales y, en menor medida, a los jóvenes de La Cámpora.-
El objetivo de mantener al FPV-PJ desindicalizado explica más que cualquier otro factor la disputa con Hugo Moyano. Cristina Fernández se ha apoyado en las diferencias ideológicas existentes al interior del movimiento obrero (conducción estratégica). Moyano y sus aliados, que buscan la resindicalización del peronismo. Por otro lado, muchos de los gremialistas enfrentados a Moyano, los llamados “gordos” y los “independientes”, que no comparten estas aspiraciones: muchos de ellos creen que el movimiento obrero debe ejercer un rol más “corporativo”, en el cual los sindicatos se limiten a funcionar como grupos de presión orientados a conseguir mejoras salariales y de condiciones de trabajo.-
¿Cuáles son los efectos de la ruptura de la CGT en el escenario político? La respuesta es compleja. Por un lado, en el corto plazo, esta ruptura tendrá escasos efectos en la capacidad del gobierno de mantener la paz social. En ese sentido la sanción de la LRT puede considerarse la frutilla del postre y un claro guiño a los sectores empresarios. Una central atomizada va a afectar decisivamente la dinámica de las negociaciones salariales y condiciones laborales que, no nos engañemos- siempre han estado regidas por los topes sugeridos por la cartera de Trabajo y la capacidad de presión de los sindicatos emplazados en los sectores económicos más dinámicos, y no por alguna directiva impuesta desde la CGT. Más allá de la combatividad de los camioneros, el resto de los sindicatos probablemente continuará negociando sus CCT de la misma forma que en los últimos años.-
En el largo plazo, sin embargo, la fractura provocará problemas serios en dos áreas sensibles para el kirchnerismo: el avance de pactos sociales que procuren soluciones de fondo a los problemas del país, por un lado, y el control de la protesta popular, por el otro. En relación al primer punto, es preciso mencionar que la fractura de la CGT implica la convivencia de cinco centrales sindicales: la CGT moyanista, la que encabezan la mayoría de los “gordos” e “independientes”, irónicamente bautizada CGT “Balcarce” y la “Azul y Blanca” del eterno Luis Barrionuevo, además de la CTA afín al oficialismo liderada por Hugo Yasky y la CTA opositora de Pablo Micheli (digresión: gran carmelazo y alisado del cabello que hace difícil reconocerlo). Esta fragmentación tornará difícil el avance del tipo de pactos sociales que la Presidenta ha enunciado entre sindicatos, empresarios y Estado, a los efectos de promover soluciones no ortodoxas para problemas estructurales, al menos esbozados discursivamente a poco de asumir su segundo mandato.-
Pero la consecuencia más grave para el gobierno es que, por primera vez desde el conflicto con las patronales agropecuarias de 2008, corre el riesgo de perder el control de la protesta popular. De las cinco centrales sindicales antes mencionadas, sólo una (la CTA de Yasky) exhibe una lealtad –al menos por ahora- hacia el oficialismo. Y mientras los “gordos” e “independientes” exhiben una actitud más pragmática, el resto se sitúa hoy en el arco opositor. La CTA de Micheli y el gremio que comanda Moyano se cuentan, además, entre las organizaciones con mayor capacidad para motorizar movilizaciones. Como lo hicieron durante el menemato, es probable que vuelvan a aliarse para desafiar las políticas oficiales. Para un gobierno que ha hecho de la no represión una de sus principales banderas políticas, la pérdida del control sobre la movilización en el espacio público constituye uno de los principales desafíos a futuro.-
Hoy fue un día clave y esto lo saben Cristina y Hugo, cada uno jugó su carta, nosotros fuimos protagonistas y/o espectadores de una jornada que quizás se transforme en una verdadera bisagra. En palabras de Sun Tzu, la suerte está echada, y la reconfiguración de la estructura política que sustenta a Cristina Fernández salteó varios casilleros.-

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